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| Puente medieval de Furelos |
En la pequeña aldea de Furelos, a las afueras de Melide, el Camino Francés se estrecha, baja hacia el río y cruza un puente medieval que parece sacado de un recuerdo antiguo. Justo ahí, donde la piedra y el agua se encuentran, aparece San Xoán de Furelos, una iglesia humilde y luminosa que guarda siglos de pasos, silencios y acogida.
Aquí no se entiende la historia sin los pasos, sin las voces, sin las miradas de quienes cruzaron su puente durante siglos.
🌉 El puente medieval: la puerta de entrada
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| Puente medieval de Furelos |
Antes de llegar a la iglesia, el Camino te regala uno de sus símbolos: el puente medieval de Furelos, citado ya en el Códice Calixtino.
Cuatro arcos desiguales, piedra gastada, agua que pasa despacio. Un puente que no solo une orillas, sino épocas.
Cuando lo cruzas, sientes algo muy sencillo y muy profundo: estás entrando en un lugar que ha visto pasar a miles de personas antes que tú. Y aun así, te recibe como si fueras el primero.
⛪ San Xoán: románico que late
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| Iglesia de San Xoán de Furelos |
La iglesia de San Xoán de Furelos por su sencillez románica, en los muros que han resistido siglos, en los canecillos que aún asoman bajo el alero.
El interior es íntimo, recogido, casi doméstico. Un lugar donde la luz entra con suavidad y donde el silencio tiene un peso amable. Aquí uno no entra para admirar, sino para respirar.
🕊️ Una aldea que acompaña
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| San Xoán de Furelos |
Furelos es una aldea pequeña, de casas bajas y ritmo lento. El Camino la atraviesa como quien pasa por el patio de una casa: sin prisa, sin ruido, con respeto.
Durante siglos tuvo un hospital de peregrinos, y esa vocación de acogida sigue viva. La gente saluda, sonríe, pregunta de dónde vienes.
Hay algo profundamente humano en este lugar: una mezcla de historia, hospitalidad y calma que no se fuerza, que simplemente está.
🌾 Un alto en el Camino… incluso si no caminas
Aunque no seas peregrino, Furelos te abraza igual.
Es un sitio perfecto para:
• Pasear sin prisa
• Sentarte junto al puente a escuchar el agua
• Entrar en la iglesia y dejar que el silencio te envuelva
• Sentir la aldea como un refugio
Hay lugares que se visitan.
Y hay lugares que te acompañan.
San Xoán de Furelos pertenece a estos últimos.